Jueves, 03 de Noviembre de 2011

HORIZONTE POLITICO

El sobreviviente

Miguel Ángel CARBALLIDO DIAZ

Hace unos días mientras manejo escucho una entrevista de banqueta que le hacen al poeta Javier Sicilia. De primera impresión no reconozco detrás de la voz, al poeta que encabeza la “Caravana por la paz y la reconciliación”. Sus palabras suenan duras y ásperas como un esmeril que saca chispas al afilar un fierro oxidado. Fuera de sí, el personaje arroja lumbre por la boca, y dice de Chiapas, “pinche estado que no aporta nada al país”. Aunque yo soy de Oaxaca, sentí el agravio como propio, y en realidad era propio, porque tengo afectos y recuerdos en aquella entidad, y aunque no fuera así, el exabrupto de Sicilia lastima a todo el país.

Después, uno medita las cosas, y piensa que cualquiera puede tener un momento de enojo y decir las estupideces que uno encuentra a la mano, como el vapor que escapa de la olla de frijoles, con un fuerte pero aliviador silbido.

Me pregunto cómo un hombre que está dedicado a promover la paz y la reconciliación a raíz del asesinato de su hijo, puede expresarse de manera tan intolerante; encuentro la respuesta ahí mismo, en el dolor que debe sentirse con la ausencia de un hijo, y el coraje y el rencor que lo acompañan, cuando la muerte es producto de la violencia, y la víctima, por añadidura, es inocente.

No conozco ese dolor, pero me ha rozado, quemándome las entrañas, en varias ocasiones. Vi el rostro de la muerte violenta en las personas de un hermano y de una sobrina. Desde entonces uno no puede ser el mismo, sobre todo cuando hay impunidad y los culpables salen libres, gracias a la incompetencia y corrupción de agentes del Ministerio Público y la venalidad de algunos jueces penales.

Con la pérdida de alguien en esas circunstancias, se pierde también la esperanza y tarda uno mucho tiempo en conciliar en paz el sueño. Incluso varios años después, cree uno reconocer a nuestros muertos en el rostro de alguien que cruza por la acera de enfrente y entonces un vuelco del corazón nos avisa de la imposibilidad de que se trate de nuestro familiar ausente.

Por eso atemperé mi enojo contra Sicilia. Él también tiene el derecho de perder la cordura y, de vez en vez, mentar madres y soltar lágrimas de diestra a siniestra, sin rendir cuentas a nadie, ser simplemente él, y no el personaje.

Su dolor y sus arranques, y las lágrimas de muchos como él que sufren por el horror de la violencia, desafortunadamente no sirven de mucho, tampoco las caravanas. Lo que creo que sirve son las políticas públicas eficaces; la inversión en la profesionalización y capacitación de los servidores públicos encargados de la procuración y administración de justicia; la selección de personal con base en sus perfiles y sus capacidades y los sistemas de evaluación, promoción y vigilancia que incentiven la eficacia y desalienten la corrupción.

Para tranquilizarme más por mi rápida exoneración de Sicilia, busqué alguno de sus poemas. Confieso que no había leído ni siquiera alguno de ellos. Al leer algunos versos del “sobreviviente”, escrito antes de la muerte de su hijo, no puede más que pensar que es mucho más poeta que activista, aquí algunos fragmentos:


Toda ausencia es atroz

y, sin embargo, habita como un hueco que viene de los muertos,
de las blancas raíces del pasado.
¿Hacia dónde volverse?;
¿hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?;
¿hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo?
¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco,
el vacío insondable de la ausencia?

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